*[Mis curiosos]*

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El ramo de novia

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Tan acostumbrados estamos cuando acudimos a un enlace nupcial de ver a la novia radiante, de blanco, champán o marfil, con un bonito tocado acompañado de un largo velo y sus mejores joyas adornando su cuerpo que puede suceder que en lo que menos nos fijemos sea en el ramo de flores que le acompaña. Sin embargo, un detalle como éste que nos puede parecer de poca importancia tiene una larga historia tras de sí.
 
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La tradición, se remonta al Antiguo Egipto, donde las novias solían ir acompañadas de un conjunto de hierbas de intenso aroma e, incluso, con ajos, que no tenían otro objetivo que el de ahuyentar a los malos espíritus que pudieran poner zancadillas a su futura felicidad. La tradición grecolatina siguió conservándolo, aunque la planta estrella pasó a ser la hiedra, símbolo de fidelidad. Poco a poco, las coloridas flores fueron sustituyendo a las anodinas plantas de tonos verdosos. Curiosamente, debemos agradecer a los caballeros cruzados -¡¡quién lo diría!!- el que esta costumbre se afianzara en Europa y es que, al parecer, luchando contra sus temibles enemigos sarracenos, pudieron observar cómo las mujeres, cuando se casaban, confeccionaban de manera cuidadosa pequeños ramos de azahar para portarlos en su gran día. Tanto les gustó que decidieron copiar la idea y llevársela a sus territorios.
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Las razones, si tenemos en cuenta lo hábitos de esos años, parecen lógicas y es que la higiene y sobre todo ese baño diario al que ahora estamos tan acostumbrados, tenía, en la Edad Media, para médicos e incluso para la Iglesia, un significado fatal: mientras que los primeros lo consideraban culpable de la propagación de enfermedades, la segunda no dudaba en considerarlo un ritual que debería ser penado. Sólo un baño anual parecía ser salvado de la "condena" y éste tenía lugar al comienzo de la primavera, hacia el mes de mayo. Por esto, no es extraño que los contrayentes aprovecharan esta circunstancia, así como también el buen tiempo que acompañaba para elegir tanto este mes como junio como fechas idóneas para contraer matrimonio. Aún así, el calor, que ya hacía acto de presencia, no podía evitar los malos olores que el sudor provocaba sin hacer distinción entre caballeros y señoritas. Fue por ello por lo que se vio como una perfecta idea el que la novia, en su día especial, portara un ramo de olorosas hierbas aromáticas y algunas que otras flores que, además de hacerla lucir bella, desprendieran una agradable fragancia que alegrase a los invitados de la celebración.
La reina Victoria I de Reino Unido, en su enlace con el príncipe Alberto, en 1840, asentó definitivamente la costumbre de usar flores en vez de hierbas y otras plantas en el ramo de novia.

La Princesa Diana de Gales,
con un enorme ramo de novia
A partir de ahí, un largo abanico de diseños fue marcando cada época, desde enormes ramos que incluso llegaban al suelo, hasta otros más pequeños y coquetos que son los que gozan de más popularidad en nuestros días, y que sólo se diferencian por la propuesta floral elegida que, además de adornar, aporta un significado esencial.
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Por otra parte, tradición que aún se sigue conservando de lanzarlo entre los invitados también tiene un curioso origen. En la Francia del s.XIV, se consideraba que quitar la liga a la novia era recompensado con un derroche de buena suerte y esto provocaba que en los enlaces se lanzaran hacia ella para conseguir tan preciado tesoro, surgiendo, entonces, situaciones poco decorosas, por lo que esta carrera de fondo persiguiendo a la protagonista del día fue sustituida por un lanzamiento que la propia novia hacía de su liga entre todos sus familiares y amigos. Más tarde, el objeto lanzado cambió y, en vez de liga, lo que se arrojaba era el ramo de flores, siendo la afortunada persona que lo capturara la siguiente candidata para contraer matrimonio.
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FUENTES:
*JavierBerenguer.es
*InfoFlor.es

-Fotos: ThePrettyBlog.com

"Testiculum habet et bene pendebant"

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Juan VIII
….por fin había logrado llegar a lo más alto, a sentarse en la silla papal, y ver su sueño hecho realidad. Atrás quedaba el recuerdo de ese fatídico día, en el que unos malhechores acecharon la aldea donde vivía. En mitad del horror que los invasores estaban provocando no dudó en huir, no sin antes tomar unas ropas que le hicieran parecer más varonil, pues no dudaba de los peligros a los que se exponía adentrándose en un bosque, hogar de forajidos, donde un aspecto inocente le convertía en un blanco perfecto al que atacar. Desde su más tierna infancia, Juan VIII,  había destacado por su singular ingenio, por ello, su padre, un famoso monje del lugar, no dudó en cultivar su intelecto y enseñarle todo lo que sabía. Ya en Roma, su inteligencia no pasó desapercibida a los ojos de aquellos que veían en ese muchacho imberbe a todo un genio. Supo ganarse la confianza de las personas adecuadas y conseguir, no sin trabajo, ser proclamado Papa.

Pasaban unos dos años desde que el momento con el que tanto había soñado, ese que creía imposible,  por fin se había hecho realidad. Ya eran casi veinticuatro los meses que llevaba rigiendo los destinos de la cristiandad de occidente y en los que había logrado mantener su más oscuro secreto a salvo. Sin embargo, tenía miedo. Notaba que su cuerpo había cambiado en las últimas semanas… y aún lo haría más en las siguientes. Pero su ánimo no flaqueó: si Dios había querido que ocupara la silla de Pedro, aceptaría con resignación  todos los reveses que la vida le mandase. Cada vez le costaba más cumplir con sus obligaciones, pero ese día no podía ausentarse, tenía que ir a esa procesión: media Roma esperaba verle bajo el palio que le aliviaría del sofocante calor.  Sacó fuerzas de donde no las tenía y marchó con el resto del “cortejo”. Cada vez sus dolores eran más fuertes, pero no podía decepcionar. Hoy no. La gente le aclamaba, por ello intentaba disimular en su rostro su terrible malestar… hasta que se derrumbó. Sus gritos obnubilaban a los que miraban atónitos cómo, tirado en el suelo, se retorcía de dolor. Nadie sabía qué hacer, cómo socórrele. Pronto sus alaridos cesaron y se comenzó a escuchar un fuerte llanto que parecía venir del mismo lugar donde el Papa ahora descansaba, gimiendo exhausto como si un gran esfuerzo acabara de hacer. El desconcierto de sus acompañantes era cada vez mayor. Juan VIII ya no tenía escapatoria, no valía la pena seguir negando su verdad, así, levantó su hábito y dejó ver a la pequeña criatura que acababa de parir, cuyos pulmones todavía estaban expandiéndose con un enérgico llanto que no cesaba, que en medio del espasmo de la gente que lo veía unido mediante el sangrante cordón con su Santidad, zumbaba como un sonido del diablo.

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A la quietud que provocó la sorpresa le siguió un repentino enfurecimiento de esas gentes que frente a San Juan de Letrán no podían creer la monstruosidad que acababan de presenciar. No había duda, la maligna mano del demonio había intervenido para que esa atrocidad fuera real. Poco tardaron en coger las piedras que había bajo sus pies y comenzar a lanzarlas a esas dos criaturas monstruosas, y no cesaron hasta que las vieron expirar, machadas por los golpes de un castigo que durante tanto tiempo Juan VIII había tratado evitar, afanándose en conservar su secreto en la más estricta intimidad… desde el momento en que huyó de su aldea vestida de hombre para salvar su integridad, nadie se había percatado de que ese endeble cuerpo que se escondía bajo esa holgada vestimenta eclesial, de que ese rostro angelical no era de un preclaro varón, sino de una mujer con una inteligencia excepcional que logró, durante años, salvar las barreras que le impedían llegar a lo más alto en aquello que más le gustaba. Y lo consiguió, hasta que no supo controlar una pasión que tanto tiempo llevaba reprimiendo y que sería el origen de sus desgracias.

Silla stercoraria
Los cardenales, después del escándalo, no dudaron en tomar medidas para que ninguna fémina osara jamás volver a ocupar ese puesto. Así, desde ese momento, se obligó a cada futuro Papa a sentarse, antes de ser nombrado, en una silla stercoraria, perforada en el asiento y usada desde la Antigüedad por las parturientas. Sentado ahí,  un cardenal palparía al elegido mientras que el resto esperaba ansioso a que se pronunciara un esperado “testiculum habet et bene pendebant”, veredicto que ratificaría la virilidad del elegido. Muchos son los que dicen que aún hoy se sigue usando para evitar que un intruso calce las sandalias de Pedro, aunque esto quizás forme ya parte de otra leyenda [1]…
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[1] La historia que se cuenta no es otra que la de aquella mujer que ha pasado a Historia con el nombre de PAPISA JUANA (s.IX). Al no tener datos de ella en los archivos papales, muchos han pensado que su historia no es más que invención de la Iglesia de Oriente para descalificar a la de Occidente, de hecho, se piensa que la posible feminidad de Juan VIII fue una buena excusa para trazar la mentira. Sin embargo, sólo disponemos de crónicas (varias de ellas contradictorias)  de autores que vivieron varios siglos después de que sucedieran los hechos para reconstruir este pasado (destacando las de Juan de Mailly), oculto por un gran vacío en las fuentes eclesiásticas de esta época que se empeñan en considerar estos hechos como una leyenda más de la que han sido víctimas.
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Una original forma de destronar a un rey: WAMBA y la TONSURA ECLESIÁSTICA

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Estatua de Wamba,
en el paseo de la Plaza de Oriente
(enfrente del Palacio Real de Madrid)
que alberga una importante colección
escultórica de reyes españoles.
En el 680, tras ocho años de reinado marcados por una serie de revueltas que le granjearon muchos enemigos, el rey visigodo Wamba [1] comenzó a ver cómo flaqueaban las fuerzas que hasta el momento le habían apoyado. El miedo se comenzó a palpar y es que, en la Historia de los reyes godos, no era extraño que, aprovechando que la monarquía era electiva (lo que permitía saltarse las rígidas barreras de sucesión entre familiares), muchos fueran los que se deshacían de los monarcas para, así, erigirse ellos con el poder, un fenómeno insólito que ha sido conocido con el nombre de MORBO GOTHORUM. Sin embargo, no sería un obligado  destierro, ni un inesperado asesinato lo que acabaría destronando a Wamba.

Un oscuro día de octubre de ese año, el monarca godo comenzó a sentirse mal, tanto que sus más cercanos consejeros, pensando que moriría irremediablemente por la enfermedad que había contraído y que lo tenía postrado en la cama, tomaron la decisión de hacer que se le suministrara -según establecía la ley goda referente a las dispensas que se les debían dar a los reyes antes de fallecer-, la unción penitencial, que le libraba de todos los pecados cometidos, y que además, recibiera el venerable signo de la santa tonsura. Sin embargo, y contra todo pronóstico, Wamba comenzó a recuperarse tan sólo unos días después y, al verse tonsurado, su pánico se desató: era de todos conocido que un monarca que había sido reducido al estado penitencial y a la condición monacal mediante la tonsura no podría volver a reinar nunca, no valían excusas, debía ceder el trono. El elegido para sucederle fue ERVIGIO, un oscuro noble de origen griego, cercano en todo momento a Wamba y que éste eligió tras su abdicación “voluntaria”.

Monjes tonsurados,
con el característico corte circular 
de una porción de cabello
No tardó el nuevo soberano -tras hacer que su predecesor fuera llevado al Monasterio de San Vicente de Pampliega, donde pasaría el resto de sus días [2]- en convocar el XII Concilio de Toledo que legalizaría su elección. Sólo las paredes de la sala donde se celebraba la reunión serían testigos del agradecimiento que Ervigio profesaba a los nobles que asistieron a Wamba en los días en que se le creía enfermo y que incitaron a que se le tonsurara. El bebedizo a base de ESPARTEÍNA (un alcaloide altamente narcótico) que le suministraron y que sumió al rey de los godos en ese sueño de profundo malestar que muchos creían como antesala de la muerte había dado unos resultados excelentes: los había colocado en la cúspide del poder [3].
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[1] Se convirtió en inesperado sucesor de Recesvinto gracias al apoyo de la aristocracia que podríamos considerar “nacionalista” que lo presentó como nuevo monarca sin contar con el resto de los nobles del reino lo que, sin duda, provocó unas iras que se verían protagonistas de estos sucesos del 680.
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[2] Alfonso X mandó que el cuerpo del godo se trasladara a la Iglesia de Santa Leocadia, en Toledo. En el s.XIX pasó a ocupar un privilegiado sitio en la Catedral de la misma ciudad.
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[3] Alfonso III, en su Crónica (h.911), nos cuenta “Ervigio, tras haber sido educado en palacio y elevado al honor condal, arrastrado por su soberbia, astutamente tramó contra su rey. Una hierba, cuyo nombre es esparto, le dio a beber, y al instante perdió la memoria. Y cuando el obispo y los optimates del palacio […] hubieron visto al rey postrado y carente de memoria, al instante le impusieron el ritual de la confesión y de la penitencia”
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Bibliografía:



*COLLINS, R. (2008): Los visigodos (en LYNCH, J., (dir.) Historia de España), Madrid, El País, pp. 189-201.

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De tapas con...¡¡Alfonso X!!

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Alfonso X, "El Sabio"
Cuenta la tradición que el “sabio” rey de Castilla, Alfonso X (s.XIII), estando postrado en su cama a causa de una enfermedad, recibió la visita de su galeno que le recomendó tomar, entre horas, porciones de comida acompañadas de pequeños sorbos de vino. Su estado de salud no tardó en mejorar, lo que llevó al monarca castellano a disponer que en todos los mesones de su reino no se sirviera vaso de vino si no era acompañado por algo de comida que, además de mejorar la salud, resultaba beneficioso para evitar que el alcohol subiera a la cabeza demasiado rápido, sobre todo en los cocheros de diligencias, carreteros o postillones, que asiduos a tomar vino de la peor clase en las Ventas que frecuentaban por el camino,  acababan tan ebrios que terminaban causando más de un destrozo a su paso.
 
 
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Así, no se tardó en obedecer la disposición real, poniendo, a partir de ese momento, sobre la boca del vaso de alcohol servido, un trozo de pan acompañado, por lo general, de una loncha de jamón o queso, que evitaba, también, que algún “huésped volador” se introdujera en el recipiente. Esta “tapa” que cerraba el vaso fue tan bien recibida que no tardó en popularizarse [1]
 
 
Ni el paso de los siglos ha hecho que los españoles nos resistamos a prescindir de este delicioso aperitivo, aunque ahora el acompañamiento varía mucho: desde fiambres hasta pequeñas porciones de platos tradicionales nos pueden servir para “picotear” en esas horas previas a la comida, donde el hambre comienza a hacer acto de presencia.
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[1] Otra versión, más moderna, cuenta que estando Alfonso XIII en el Ventorrillo del Chato (Cádiz) se levantó tanto aire que el camarero, temiendo que la copa de Jerez que el rey estaba tomando se llenase de la cercana arena de la playa, puso encima de ésta una loncha de jamón. Al preguntar el monarca al mesero por qué había hecho eso, el pobre trabajador contestó que lo único que pretendía era poner una “tapa” para que el líquido no se ensuciara. Al rey le gustó tanto la idea que pidió que se sirviera otra ronda pero con “otra tapa igual”. Así sería como se generalizaría la costumbre.  
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Bibliografía:


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"Noche toledana"

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La conocida expresión “pasar una noche toledana”, que quiere enunciar el malestar nocturno provocado por la falta de sueño o alguna dolencia, tiene un curioso origen que nos remonta a la plenitud del Emirato de Córdoba.

Hacia el 807 (otras fuentes nos indican que en 797), siendo el dueño de los destinos del Emirato Cordobés el omeya Al-Hakam I, muchas fueron las revueltas que tuvieron lugar en el territorio peninsular contra el poder central debido a cuestiones políticas, sociales y económicas, que ocasionaban desigualdad en los campos del poder, las oportunidades sociales y la riqueza [1].
Sin embargo, una destaca sobre las demás: la sublevación toledana.
La responsable de que comenzara la revuelta fue la aristocracia muladí que, harta de la creciente presión fiscal, así como de los continuos conflictos con los musulmanes, decidió convencer al resto de la población que recientemente se había convertido al Islam para comenzar una rebelión que reivindicara mejores condiciones de vida.  Al-Hakam decidió, para aliviar la situación, nombrar a un gobernador muladí, AMRUS BEN YUSUF. Una de las primeras medidas que éste tomó, adornada con un fingido odio a los omeyas, fue encaminada a la pacificación de la población: construyó, en el lugar que hoy ocupa el Alcázar, una ciudadela en la que se recluyó junto con sus funcionarios y sus tropas gubernamentales, lo que contentó a los toledanos, hartos de sufrir a diario la molesta presencia de los soldados en las calles.
Jornada del Foso, por Segrelles
Aprovechando el paso de las tropas del heredero cordobés, Abd-al-Rahman II, por Toledo, dirección a Zaragoza, el gobernador de la “ciudad de las tres culturas” decidió organizar un convite de recepción para tan insigne séquito. Además, se quiso que toda la aristocracia muladí no faltara al evento ya que se pretendía que la comida, además, fuera una especie de “banquete de reconciliación” con ellos.
Sin embargo, en la cabeza de Amrus otros planes eran los que rondaban y es que lo que los insignes personajes no sabían es que sus levantamientos les iban a salir muy caros: esa noche había llegado el momento de la revancha del gobernador de Toledo. Amrus, ya cansado de las abundantes peticiones que continuamente los muladíes le exigían, decidió dar un castigo ejemplar a los rebeldes aprovechando una ocasión tan espléndida como la que brindaba este banquete, donde todos sus enemigos estarían reunidos. Según iban entrando en la ciudadela donde se celebraba la recepción, los desgraciados muladíes eran acuchillados, uno por uno, y tirados a un foso. Fue tan cruel la represión que se llevó a cabo con este colectivo (los números que nos dan las fuentes varían enormemente: nos podemos encontrar con cifras que van desde los 5.300 a los 700 asesinados) que quedaría grabada en las mentes de los que la vivieron de cerca durante muchos años y que pasarían a conocerla como la JORNADA DEL FOSO [2].

La polémica estaba servida: esta “noche toledana” y la evidente repercusión que tuvo por toda la Península, daría mucho que hablar.
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[1] También fueron comunes los altercados que tuvieron como punto central los enfrentamientos entre diferentes religiones.
[2] Se dice que el sucesor de Al-Hakam, al que se le había ofrecido el banquete,  el futuro  en Abd-al-Rahman II, sintió tanto horror al presenciar esa “carnicería” que un tic nervioso, provocado por lo observado, le acompañaría el resto de sus días.
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Bibliografía:
*MARÍN, R.: Sociedad, política y protesta popular en la España musulmana, Ed. Universidad de Costa Rica, 2006.
*RIU, M. et alii.: Historia de España II: Edad Media, Barcelona, Ed.Carrogio, 2009.
*SUÁREZ,L.: Historia de España Antigua y Media, Madrid, Ed. Rialp, 1976.
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1000 años de guerra en 5 minutos

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Interesante video que nos muestra, en tan sólo 5 minutos, y de manera muy visual, las batallas que desde el año 1000 hasta el 2008 han asolado el mundo.
El video está hecho desde una evidente perspectiva europea, por lo que las guerras en el continente americano, en este video, sólo comienzan tras su descubrimiento por Colón.

Asimismo, es significativo observar lo turbulenta que fue la Edad Moderna, sólo superada por las dos catastróficas guerras mundiales.
Una sugerente manera de darnos cuenta del afán batallador que tanto ha hecho padecer a la humanidad. Detrás de cada efímera llamarada que se ve en el video, hay miles de vidas -unas acabadas, otras destrozadas-, que hoy quedan reducidas a unas simples palabras: “BATALLA DE…”





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Fuentes:


*HistoriaEnVideo.blogspot.com
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El verdadero descubridor de América

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AMÉRICA y CRISTÓBAL COLÓN parecen dos términos inseparables, de esos que cuando se piensa en uno se viene a la cabeza, automáticamente, el otro y es que la historiografía se ha encargado de plasmar en nuestras mentes la idea de que el descubridor de América fue el genovés Cristóbal Colón. De esto hay mucho que decir, evidentemente, empezando por si de verdad se podría considerar “descubridor” de unas tierras a una persona que creyó y murió creyendo que el viaje que había emprendido había acabado con un destino muy conocido para todas las gentes de su época: las Indias, esas famosas tierras orientales, ricas en especias, sedas, piedras preciosas… que hacían las delicias de las élites.
Dejando este tema, que todavía sigue suscitando interés entre los estudiosos, pasaremos a hablar de una figura desconocida para la mayoría: LEIF ERICSON. Hijo del famoso vikingo Eric el Rojo -que consiguió fundar varios núcleos de población en Groenlandia, lejos de su Noruega natal de la que fue desterrado su padre y de la Islandia que lo vio crecer y que lo condenó al exilio- y siguiendo con la actividad exploradora de éste, se lanzó a la aventura de emprender un viaje hacia el oeste de Groenlandia, en torno el 1000 d.C., que le llevó a desembarcar en la ISLA DE BAFFIN. Sin embargo, esta zona no pareció ser de su agrado, por lo que siguió con su viaje hasta que, semanas más tarde, logró encontrar una tierra cubierta de bosques a la que denominó Marklandia y que correspondería con la actual PENÍNSULA DEL LABRADOR, para acabar su viaje una expedición hacia el sur en la que se encontró con la actual TERRANOVA, a la que llamó Vinlandia (por la cantidad de vides que vió). Y como esta podríamos hablar de otras muchas tierras que, tras él, continuaron colonizando los vikingos.

Pero ¿por qué estas expediciones no han llegado a alcanzar la importancia de la de Cristóbal Colón? Recordemos que los vikingos eran pueblos que basaban sus acciones de expedición en la conquista y saqueo de las tierras exploradas, a diferencia de los europeos del s.XV, mucho más preocupados en recopilar datos de sus aventuras y difundirlos. Por ello, el descubrimiento de América por Lief Ericson, en el s.XI, quedó condenado a caer en el olvido, hasta que casi cinco siglos más tarde, los avances en el “arte de marear” posibilitaran el que los europeos se volvieran a reencontrar con América.
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Imágen 1: El vikingo Lief Ericson.
Imágen 2: Cristóbal Colón.
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Fuente: MOLINARI, D.L (1964): Descubrimiento y conquista de América: de Eric el Rojo a Hernán Cortés, Buenos Aires, EUDEBA.
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Peregrinaciones

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Las primeras peregrinaciones cristianas, datadas del s.IV, tenían como lugar de destino Tierra Santa. Más tarde, Roma sería la elegida como centro de visitas de miles de files, no por ello restando importancia al anterior destino. Hacia el s.XI, las peregrinaciones a Santiago de Compostela se harán tan famosas como las dos anteriormente citadas.
A todos los visitantes de estos lugares considerados sagrados los conocemos con el nombre genérico de PEREGRINOS, sin embargo, cada uno recibió un apelativo distinto dependiendo del lugar en el que centrase su peregrinaje. Los que acudían a Tierra Santa eran denominados PALMEROS, por traer una palma en señal de su viaje (al igual que los de Santiago llevaban una concha), los que iban a Roma fueron llamados ROMEROS (de aquí derivará la palabra “romería”) y a los que marchaban a Santiago de Compostela se les conocía como JACOBEOS.
Poco a poco, estos tres centros fueron “cediendo” parte de sus visitantes a otros lugares de culto que se fueron popularizando, casi siempre, asociados a la creencia de que cierto santo se había aparecido en ese sitio, como es el caso de Lourdes (Francia) o Fátima (Portugal), entre otros.
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Vándalos


Los vándalos eran un pueblo germano que habitaba en la zona de lo que hoy conocemos como centro de Europa, en la zona del limes (frontera) romano. Son varias las hipótesis que explican el por qué de los desplazamientos no sólo de éstos, sino de otros muchos pueblos germanos, aunque el cambio en la climatología o la falta de espacio son las dos que quizás más se acerquen a la realidad. Los vándalos (divididos en asdingos y silingos), lograron penetrar hacia el 406 en el Imperio y llegar, tres años más tarde, a Hispania, acompañados de alanos y suevos, otros dos pueblos germanos. Los asdingoscompartieron territorio con los suevos, en la zona norte de la Península (en la Gallaecia), pero poco tardaron en ser desplazados de este territorio y unirse a los silingos, que se habían situado en la Baética. Fue aquí donde desarrollaron una importante actividad marinera por el Mediterráneo, lo que les llevó a abandonar Hispania en el 429 al mando de su caudillo, Genserico, dirección al norte de África, donde crearían un reino, con capital en Cartago. Llegaron a tener contactos con las Baleares, Córcega, Cerdeña, Sicilia…, convirtiéndose en una potencia hegemónica en el Mediterráneo Occidental, hasta que hacia el 534 el general Belisario, a las órdenes del emperador Justiniano acabase con su poder, haciéndolos desaparecer.

La práctica de la piratería era una actividad usual de los vándalos, que llegaron a desertizar varias islas del Mediterráneo e, incluso, atacar las costas de Grecia. El temor que suscitaban entre las gentes, por su crueldad y la destrucción que ocasionaban, no se olvidó con el paso de los años, por lo que su nombre pasó a ser sinónimo de desalmado, cruel…

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Imágen: Genserico saqueando Roma (455 d.C.), Karl Bruillov

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El aborto de Juana de Portugal

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El matrimonio de Enrique IV de Castilla (hermanastro de Isabel la Católica) con su segunda esposa, Juana de Portugal, tenía como objetivo principal la concepción de un heredero para el reino. Anteriormente, el monarca castellano estuvo casado con Blanca de Navarra, con la que no tuvo descendencia alguna, lo que le sirvió para pedir la anulación matrimonial, argumentando que la unión nunca fue consumada. Debemos recordar que Enrique IV fue apodado “el Impotente”, por ello, cuando su segunda esposa quedó encinta de la princesa Juana, las malas lenguas se apresuraron a apuntar que la niña era fruto de los amores de la reina con el valido del rey, Beltrán de la Cueva. No sería la última vez que quedaría embarazada: quedó preñada una segunda vez de su marido, pero abortó, y varias veces más de Pedro de Castilla y Fonseca, el alcaide de la plaza fuerte donde Enrique IV, en un momento dado, mandó recluir a su esposa. De este amante tendría dos gemelos.
Pero centrémonos en el segundo embarazo. Estando la reina en el Alcázar de Segovia, cosiendo con sus doncellas, según se cuenta, se encontraba junto a una de las ventanas de la fortaleza para poder fijarse mejor en la labor que estaba haciendo. Afuera, un brillante sol resplandecía; adentro, la reina y sus acompañantes llevaban ya largas horas ocupadas en sus labores. La mala suerte hizo que el vidrio de la ventana junto a la que se encontraba Juana de Portugal provocara lo que hoy conocemos como “efecto lupa” e hiciera que su pelo empezara a arder. Cuando la reina se dio cuenta, comenzó, sobresaltada, a lanzar gritos de socorro y a correr despavorida de un lado a otro de la estancia. Las mujeres que la acompañaban lograron apagar el fuego de su pelo y calmar a la reina, que, por el susto, sufrió el aborto del niño que esperaba de su esposo, Enrique IV: un varón que, posiblemente, podría haber sucedido a su padre, de no ser por el gran poder de la levantisca nobleza castellana que logró hacer que Isabel de Castilla subiera al trono, apartando de la escena política a Juana la Beltraneja, legítima heredera del monarca.
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