*[Mis curiosos]*

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El ramo de novia

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Tan acostumbrados estamos cuando acudimos a un enlace nupcial de ver a la novia radiante, de blanco, champán o marfil, con un bonito tocado acompañado de un largo velo y sus mejores joyas adornando su cuerpo que puede suceder que en lo que menos nos fijemos sea en el ramo de flores que le acompaña. Sin embargo, un detalle como éste que nos puede parecer de poca importancia tiene una larga historia tras de sí.
 
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La tradición, se remonta al Antiguo Egipto, donde las novias solían ir acompañadas de un conjunto de hierbas de intenso aroma e, incluso, con ajos, que no tenían otro objetivo que el de ahuyentar a los malos espíritus que pudieran poner zancadillas a su futura felicidad. La tradición grecolatina siguió conservándolo, aunque la planta estrella pasó a ser la hiedra, símbolo de fidelidad. Poco a poco, las coloridas flores fueron sustituyendo a las anodinas plantas de tonos verdosos. Curiosamente, debemos agradecer a los caballeros cruzados -¡¡quién lo diría!!- el que esta costumbre se afianzara en Europa y es que, al parecer, luchando contra sus temibles enemigos sarracenos, pudieron observar cómo las mujeres, cuando se casaban, confeccionaban de manera cuidadosa pequeños ramos de azahar para portarlos en su gran día. Tanto les gustó que decidieron copiar la idea y llevársela a sus territorios.
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Las razones, si tenemos en cuenta lo hábitos de esos años, parecen lógicas y es que la higiene y sobre todo ese baño diario al que ahora estamos tan acostumbrados, tenía, en la Edad Media, para médicos e incluso para la Iglesia, un significado fatal: mientras que los primeros lo consideraban culpable de la propagación de enfermedades, la segunda no dudaba en considerarlo un ritual que debería ser penado. Sólo un baño anual parecía ser salvado de la "condena" y éste tenía lugar al comienzo de la primavera, hacia el mes de mayo. Por esto, no es extraño que los contrayentes aprovecharan esta circunstancia, así como también el buen tiempo que acompañaba para elegir tanto este mes como junio como fechas idóneas para contraer matrimonio. Aún así, el calor, que ya hacía acto de presencia, no podía evitar los malos olores que el sudor provocaba sin hacer distinción entre caballeros y señoritas. Fue por ello por lo que se vio como una perfecta idea el que la novia, en su día especial, portara un ramo de olorosas hierbas aromáticas y algunas que otras flores que, además de hacerla lucir bella, desprendieran una agradable fragancia que alegrase a los invitados de la celebración.
La reina Victoria I de Reino Unido, en su enlace con el príncipe Alberto, en 1840, asentó definitivamente la costumbre de usar flores en vez de hierbas y otras plantas en el ramo de novia.

La Princesa Diana de Gales,
con un enorme ramo de novia
A partir de ahí, un largo abanico de diseños fue marcando cada época, desde enormes ramos que incluso llegaban al suelo, hasta otros más pequeños y coquetos que son los que gozan de más popularidad en nuestros días, y que sólo se diferencian por la propuesta floral elegida que, además de adornar, aporta un significado esencial.
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Por otra parte, tradición que aún se sigue conservando de lanzarlo entre los invitados también tiene un curioso origen. En la Francia del s.XIV, se consideraba que quitar la liga a la novia era recompensado con un derroche de buena suerte y esto provocaba que en los enlaces se lanzaran hacia ella para conseguir tan preciado tesoro, surgiendo, entonces, situaciones poco decorosas, por lo que esta carrera de fondo persiguiendo a la protagonista del día fue sustituida por un lanzamiento que la propia novia hacía de su liga entre todos sus familiares y amigos. Más tarde, el objeto lanzado cambió y, en vez de liga, lo que se arrojaba era el ramo de flores, siendo la afortunada persona que lo capturara la siguiente candidata para contraer matrimonio.
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FUENTES:
*JavierBerenguer.es
*InfoFlor.es

-Fotos: ThePrettyBlog.com

¡¡Por Tutatis!!

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“Estamos en el año 50 a. C. Toda la Galia está ocupada por los romanos... ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de legionarios romanos en los reducidos campamentos de Babórum, Acuárium, Laudánum y Petibónum...”

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Con estas frases empezaban los míticos cómics que los franceses René Goscinny y Albert Uderzo popularizaron y cuyos protagonistas, Astérix y Obélix, alcanzaron una inusitada fama. El enunciado resumía el argumento principal de una historieta donde a los romanos les tocaba sufrir, día tras día, los reveses de una aldea sin intenciones de rendirse al invasor. Lo que no sabíamos hasta hace bien poco era cuánto les tocó padecer a los que, sitos en los campamentos militares, intentaban de la mejor de las maneras acatar las órdenes de su centurión. Un reciente estudio realizado por el Departamento de Neurología de la Universidad de Düsseldorf -publicado por la revista especializada Acta Neurochirurgica- ha analizado minuciosamente 34 libros de la serie cómica llegando a conclusiones realmente sorprendentes.

El informe ha revelado que a lo largo de las viñetas se recogen hasta 704 casos de traumatismos craneoencefálicos, aunque no todos son de la misma gravedad. El 87,1% de los causantes del trastorno fueron los galos, siendo Astérix y Obélix los responsables de más de la mitad de los casos. La mayor parte de las veces, los traumatismos fueron consecuencia directa de un agente dopante, llamado “poción mágica”. Los romanos, como era de esperar, fueron los que más sufrieron siendo, con 450 casos, el colectivo más afectado. A pesar de esto, no queda registrado ningún caso de daño neurológico permanente o de muerte, es más, los síntomas mejoraban por completo en un breve espacio de tiempo lo que, para los estudiosos, no dejaba de ser sorprendente.

Lo común, tras los golpes, era una alteración de conciencia seguida de una equimosis periorbital que indicaba la fractura de la base del cráneo y que provocaba el signo conocido como “ojo de mapache”. La alteración de conciencia seguida de la parálisis del nervio hipogloso, manifestado en la extensión de la lengua hacia un lado, también era común. Además, se apunta que aunque 497 de los afectados por los golpes llevaban cascos, éstos se solían perder en el 87,7% de las veces tras el golpe lo que, según los autores del estudio, indica un pobre desarrollo tecnológico de las prendas protectoras usadas en las batallas.


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Estos son sólo algunos de los datos que nos podremos encontrar en el cuidadoso estudio que los neurólogos  alemanes han realizado. Un innovador texto que con el mayor rigor científico, sin duda, ha pretendido analizar las consecuencias del “intento de conquista” de la última aldea de la Galia que el Imperio Romano trataba, aunque no con mucho éxito, anexionarse.
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Fuentes:


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"¡Qué artista muere conmigo!"

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Muchos han sido los personajes históricos a los que las Parcas han arrebatado su vida de manera poco usual y casi rayando lo irrisorio, sin importarles lo más  mínimo la condición del que se llevaban de este mundo. En este blog, ya hemos tratado varias de ellas, pero ninguna había tenido ese toque de “muerte anunciada” como la de Nerón.
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Definir a un personaje con un carácter tan complejo no es sencillo, pero bastaría con decir que su maldad y crueldad materializadas en las más dispares excentricidades hicieron que pasara a la Historia como uno de los emperadores de Roma más desequilibrados [1], aunque su sensibilidad artística plasmada en su amor por la música, la actuación, la poesía o el arte, no pasaban desapercibidos y no eran recibidos de buen grado por no encajar en la personalidad que se esperaba de un emperador ideal. Basta con leer el relato que de su vida nos hace Suetonio para darnos cuenta que Senado, ejército y pueblo le odiaban de la misma manera. Ni el variopinto cortejo que solía acompañarle habitualmente lo hizo en sus últimos momentos de vida, cuando se vio abandonado por todos, obligado, sin más remedio, a buscar hospitalidad llamando puerta por puerta a las casas de los que creía sus amigos y viéndose rechazado una y otra vez por ellos [2]. Finalmente, un liberto le ofreció refugio en su finca de las afueras. Tras enterarse, los soldados no dudaron en ir a matarle. Nerón, que veía que sus días terminaban, obligó a los que le acompañaban a cavar una fosa y cubrirla con todos los trozos de mármol que pudieran encontrar. Asimismo, les instó a que llevaran agua y leña para cumplir con las rigurosas ceremonias post-mortem.
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Cuando le desvelaron que la muerte que le esperaba, una vez capturado, no era otra que la de atarle en la horca y ser azotado hasta morir, presuroso corrió a por dos puñales que había guardado bajo sus ropajes. Sin embargo, el último emperador Julio-Claudio, tras haber probado el dolor que producían sus puntiagudas puntas, decidió guardar las armas asegurando que su hora final aún no había llegado. Aun así, se lamentaba continuamente de que nadie de los que le acompañaban se atreviera a acabar con su vida, y lloraba sin parar de repetir “¡QUÉ ARTISTA MUERE CONMIGO!” (Suetonio, Vida de Nerón, 49,1) Su secretario Epafrodito fue el que, finalmente, le ayudó a hundir una daga en su garganta. Minutos más tarde apareció un centurión que no pudo más que ver cómo la sangre manaba de su cuello. Tal y como quería, en ese 68 a.C se le hicieron unos costosos funerales y se le enterró en la tumba de su familia, en un ataúd de pórfido sobre el que descansaba un impresionante altar de mármol.

Nos cuenta Suetonio que “su muerte produjo una alegría pública tan grande que la plebe corrió por toda la ciudad llevando en la cabeza el gorro frigio” (Vida de Nerón, 57,1), el pilleus, que se le ponía a los esclavos cuando se les liberaba. Aún así, también hubo quien lamentó su muerte.

Terminaba, con su gobierno, la estancia de los Julio-Claudios al frente del Imperio. Le siguieron unos meses turbulentos donde varios emperadores se disputaron el poder hasta que los Flavios consiguieron afianzarse en él.

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[1] Todas la fuentes, menos las de Oriente-territorio al que Nerón benefició notablemente-, son unánimes en ofrecer una visión del emperador poco humana.  

[2] Galba ya había sido nombrado emperador por el Senado quien hizo, asimismo, que a Nerón se le declarara enemigo público, se le persiguiera y se le matara.

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Fuentes:

*SUETONIO TRANQUILO, Cayo: Vida de los doce Césares, (trad. AGUDO CUBAS, Rosa María), Ed. Gredos, Madrid, 1982.
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Digitum impudicum

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Levantar el dedo corazón [1] manteniendo el resto de la mano cerrada y el revés hacia afuera, es considerado uno de los gestos de insulto más obsceno -aunque más común- en nuestros días; los textos antiguos nos muestran que hace miles de años también lo era para los romanos.
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Algunos de los ejemplos más llamativos los tenemos en las Sátiras  de Juvenal (10, 52-53), donde hablando de cierto personaje, el autor nos dice que “… él personalmente mandaba a la horca a la fortuna amenazadora y le mostraba el dedo corazón”; en la Historia Augusta donde se nos cuenta que el emperador Heliogábalo (10, 7, 2) “hacía signos impúdicos con los dedos y no mostraba ningún  pudor ni siquiera en reuniones o cuando el público lo escuchaba”; y en los Epigramas (6, 70, 5-6) de Marcial:  “Muestra el dedo, pero el impúdico”. Sin embargo, al significado ofensivo se le solía añadir el de calificar a alguien como pathicus (sodotima pasivo, lo que vendría a calificar al individuo como “afeminado”), lo que no deja de lado la connotación negativa, tal y como lo vemos en el ya citado Marcial: Ríete mucho, Sextilio, del que te ha llamado afeminado y levanta el dedo corazón(Epigr. 2, 28, 1-1-2); y también en un pasaje donde Calígula se dirige a Casio Querea “…Gayo tenía la costumbre de desacreditar a este personaje con todo tipo de ultrajes como blando y afeminado […] y ofrecerle otras a besar su mano, cuando le daba las gracias por algún motivo, imprimiendo en ésta una forma y movimiento obscenos” (Suet., Vida de Calígula, 56).

Con todo, no se nos debe pasar por alto que el gesto que ocupa nuestro estudio no es más que una simbolización del miembro masculino erecto. De este modo, y teniendo en cuenta que los símbolos fálicos gozaban de gran prestigio en la Roma antigua -como de hecho lo atestigua la arqueología con decenas representaciones en puertas, calzadas, acueductos, puentes, amuletos… que tenían la función de alejar los malos espíritus-, levantar el dedo corazón adquiere un nuevo significado, asociado a la buena suerte.  Así nos lo hace ver Persio en una de sus Sátiras (2, 31-34): “Mira cómo una abuela o una tía materna llena de supersticiones levanta de su cuna a un niño y con el dedo infame y saliva lustral empieza por purificarle la frente y los húmedos labios, pues es experta en conjuros contra el aojamiento”.

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Finalmente, con Petronio y su Satiricón (131,4), en el pasaje que relata la cura de la impotencia de Encolpio, observamos que la devolución de la virilidad también está asociada al gesto: “… luego amasó con saliva un poco de polvo y, colocando  la pasta en el dedo cordial, me marcó la frente a pesar de mi repugnancia”. 
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A pesar de que éstos últimos significados mágicos no ha llegado hasta nosotros, no se puede negar que un gesto tan común miles de años atrás, aún sigue vivo en nuestra sociedad.
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[1] Este dedo era conocido como digitum impudicum o digitum infamis.
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Fuentes:

*FORNÉS, M.A. y PUIG, M.: El porqué de nuestros gestos: la Roma de hoy en la gestualidad de ayer, Barcelona, Ed. Octaedro-UIB, 2008.

Domiciano, el "empalador" de moscas

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Tito Flavio Domiciano fue uno de los emperadores más paranoicos que rigió los destinos del Imperio Romano (81-96 d.C). Muchísimas han sido las para extravagancias que ya desde su juventud osaba hacer y padecer a los que le rodeaban. Sin embargo, muchas, por desgracia, fueron comunes a sus antecesores y sucesores, por lo que no llaman tanto la atención.

Una de sus excentricidades era la afición que tenía a cazar moscas para luego matarlas clavándolas una fina aguja. El que a Domiciano le encantaba el sufrimiento ajeno no era desconocido para nadie, de hecho, fue uno de los emperadores que más potenciaron los juegos que se celebraban en el anfiteatro, donde él mismo protestaba si el espectáculo no había sido lo suficientemente sangriento y cruel. Sin embargo, pocos imaginaban que sus paranoias llegaran a tal extremo que pasara horas y horas aislado en sus dependencias tratando de capturar a estos insectos para luego “empalarlos”

Vibio Crispo, un hombre cercano a él, con la ironía que le caracterizaba, cuando un día le preguntaron si había alguien acompañando en ese momento al emperador, contestó “No, ni siquiera una mosca”, frase que adquirió una notable fama y que evidenciaba que esta poco común costumbre del emperador (así como también otras) no era ajena a las personas que le rodeaban.
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Bibliografía:
*SUETONIO: Vida de los Doce Césares: Domiciano (trad. AGUDO, R. Mª), Madrid, Ed. Gredos, 1982.
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La ENEIDA versión Facebook

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La Eneida, la más famosa obra del romano Virgilio, fue el resultado del encargo que el emperador Augusto le hizo al poeta para glorificar la Historia de Roma y explicar su origen mítico. Ahora, más de 2.000 años después, se ha hecho una cómica versión en Facebook de su argumento. Ya ni los clásicos se resisten a las redes sociales (pinchar en la imagen para ver más grande)


Fuente: HistoriaClásica.com
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Pirámides ¿en Roma?

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Muchas han sido las civilizaciones que han construido monumentos piramidales a lo largo de su Historia, sin embargo, los que alcanzaron mayor fama fueron los egipcios.
La arquitectura romana, que poca relación tenía con estas obras, se empezó a interesar por ellas a partir de la conquista de Egipto y su inclusión dentro del Imperio como una provincia romana más (en el 30 a.C.). Muchos fueron los que se sintieron atraídos por esta exótica arquitectura funeraria, entre ellos CAYO CESTIO EPULONE (se cree que fue pretor homónimo del 44 a.C) que, admirado por la monumentalidad de estos edificios egipcios decidió hacerse construir uno que albergara su cuerpo, como si de un antiguo faraón se tratara. Este encargo, que dejó escrito en su testamento, fue ejecutado en torno al 12 a.C. aprox. Tardó en construirse, como bien se indica en las inscripciones de la pirámide, 330 días, si bien es cierto que las proporciones son mucho más reducidas que las de las egipcias: la base ocupa 30 m2, mientras que su altura casi alcanza los 37 m. Está hecha de sillares de piedra, recubiertos de mármol. En el interior, decorado con múltiples pinturas de estuco, se encuentra la entrada hacia la cámara donde se recogen los restos del difunto.
Como era costumbre entre los romanos, los difuntos eran enterrados a las afueras de la ciudad. Así, nos encontramos que la PIRÁMIDE CESTIA (nombre con el que también se la conoció) estaba fuera de la muralla. Sería en el s.III, momento en el que el emperador Aureliano, movido por el temor a las invasiones bárbaras decidió aumentar el perímetro de la ciudad, cuando la tumba de Cayo Cestio quedó dentro de la muralla o, mejor dicho, atravesada (literalmente) por ella.
Con el paso de los años, la tumba de este ilustre romano no sólo no se olvidó, sino que no pasó desapercibida para los autores románticos, a los que llamó poderosamente su atención, así como todavía hoy la sigue llamando al visitante que pasea por la magnífica Ciudad Eterna.
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Imagen: Fotografía actual de la Pirámide Cestia, flanqueada por la Porta de San Paolo, a un lado, y por el cementerio protestante, al otro.
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Evergetismo en Roma

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El evergetismo fue un fenómeno basado en el ofrecimiento de una serie de servicios, de manera “gratuita”, de un personaje (el evergeta) a una comunidad. Su origen lo podríamos situar en la Grecia del s.IV a.C., no siendo hasta la primera mitad del s.II d.C. cuando alcance su apogeo en el Imperio Romano, teniendo especial importancia en la zona oriental (por la influencia del pasado helenístico).
Las prácticas evergéticas más usuales se solían centrar en el ofrecimiento gratuito de alimentos (o de cantidades de dinero para comprarlos), fiestas, certámenes, construcciones o reconstrucciones de edificios públicos… De esta manera, se cumplían dos objetivos principales: se hacía una redistribución de la riqueza, a la vez que se contentaba y controlaba al pueblo para que se mantuviera tranquilo, al tener garantizadas unas necesidades básicas.
¿Quiénes eran los evergetas? Cualquier persona con determinada fortuna, dispuesta a ofrecerla al pueblo, “desinteresadamente”. Sin embargo, vemos que son los pertenecientes a las aristocracias locales los que con más frecuencia llevaron a cabo esta práctica.

Ante esto, cabe plantearnos una pregunta ¿realmente era tan altruista la acción de estos hombres que se preocupaban por el bien de la comunidad? Evidentemente, detrás del evergetismo había unos objetivos claros que el poderoso quería conseguir: diferenciarse del resto del pueblo, estar por encima de él, y ganarse su favor de cara a obtener determinadas magistraturas que necesitan del voto popular. El objetivo clave era el reconocimiento público, el que tanto el evergeta como sus descendientes (que deberían seguir manteniendo lo que sus antecesores habían comenzado) estuvieran en la recuerdo colectivo de la ciudad.
No era fácil su tarea, debía dedicar mucho dinero para conseguir esta misión, además de demostrar públicamente su buen talante, su responsabilidad y su falta de arrogancia. El pueblo le recompensaría con honores como el otorgar lugares preferentes en celebraciones públicas, construcción de estatuas, inscripciones honoríficas o, incluso, destacados funerales en los que quedaban incluidos los munera (resulta curioso, pero no es extraño encontrarnos con evergetas que costeaban estos honores que se le rendían).
Con el paso del tiempo, vemos que el emperador se convertirá en el evergeta supremo de la comunidad, restando importancia al resto y haciéndose con la fama que antes disponían otros poderosos. Además, entramos en una época en la que ocupar puestos ya sólo supone un impedimento, un gasto excesivo de la riqueza, que lleva a que las magistraturas, antes ansiadas, ahora pasen a ser una obligación impuesta. Así, hacia el s. III, la situación del evergetismo cambiará radicalmente, disminuyendo progresivamente.
Será en el cristianismo, años más tarde, donde podremos ver un lejano sucesor de estas prácticas evergéticas, materializadas en asociaciones benéficas que ensalzaban su caridad de manera gratuita.
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Imagen: Óleo sobre lienzo de Ulpiano Checa representando a un magistrado romano. Museo Ulpiano Checa, en Colmenar de Oreja (Madrid).
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Fuente: LÓPEZ PULIDO, A., “Evergetismo y liberalidades en el Oriente Romano”, En VIII Coloquio de la AIER: Propaganda y persuasión en el mundo romano, (Madrid, 1-2 diciembre 2010) (en prensa)
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Viva Roma No. V

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La Historia de Roma contada al son del famoso Mambo nº5: una divertida forma de acercarse al Mundo Antiguo.

Las BRACAE y el PANTALÓN

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Cuando pensamos en los romanos de la Antigüedad, ya sea en una mujer o en un hombre, la imagen que se nos viene a la cabeza es la de una persona vestida con una túnica. Ésta era la prenda romana por excelencia, ya fuera más larga o más corta, ya se viera decorada con adornos o estuviera sin ellos. Sin embargo, la influencia de pueblos foráneos hizo que en su monótono armario se incluyera una nueva prenda, las BRACAE.
Las bracae eran una especie de pantalones – que legaban por debajo de las rodillas, más o menos-, común entre los celtas y los galos. La comodidad que suponía llevarlas, unido a la facilidad en el movimiento que permitían y la protección que ofrecían contra el frío, hicieron que, pronto, los soldados romanos comenzaran a utilizarlas (sobre todo los del norte de Europa) llegando a alcanzar un gran éxito en el ejército. Asimismo, se tuvo que adoptar una nueva prenda para cubrir la parte superior del cuerpo: la camisa.
Resulta curioso apreciar cómo el nombre que se le dio a esta prenda, hecha para ser utilizada por hombres, derivó, siglos más tarde, en una típicamente femenina: las BRAGAS. Sin embargo, todavía la palabra BRAGUETA nos recuerda su origen masculino. Más sorprendente resulta que la palabra que vino a designar, con el paso de los años, a la evolución de las bracae originales, poco tuviera que ver con ésta: PANTALÓN.

¿De dónde viene esta extraña derivación? Hacia el s.XVII se comenzó a popularizar la commedia dell´arte, un teatro cómico italiano donde los actores tenían gran libertad de improvisación. Éstos interpretaban una serie de personajes estereotipados. Uno de ellos era PANTALEONE, que representaba a un comerciante anciano y tacaño, del que se podían burlar con facilidad, vestido siempre con unos largos calzones. La popularidad de estas representaciones en distintos países de Europa hizo que, en honor del personaje, la prenda tuviese el nombre con la que actualmente la conocemos.
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Imagen 1: Detalle de una escena representada en la Columna de Trajano (Roma), donde se pueden observar a unos legionarios combatiendo con las bracae
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Imagen 2: Personaje de Pantaleone, típico de la commedia dell´arte italiana, con la prenda que nos recuerda a las bracae y que, en su honor, pasó a llamarse “pantalón”.
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Fuentes:

* GARCÍA JURADO, F. (2007): “El vestido en Roma: de la toga al pantalón”, Historia National Geographic, junio de 2007, no.40, pp.30-33.


* http://www.sipario.it/mpantalone.htm
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El libro en Roma


Libro” proviene del latín “liber”, palabra con la que se denominaba a la corteza del árbol que se usaba para sujetar las TABLILLAS DE CERA sobre las que se solían escribir textos de corta extensión, a finales de la República. En época imperial, el rollo de PAPIRO -con el que se escribía en columnas, lo que implicaba el enrollar y desenrollar el material según se iba leyendo-, era el material más habitual sobre el que escribir. Sin embargo, su fragilidad y lo incómodo de su lectura hizo que comenzara a triunfar, hacia el s.IV, el CÓDICE DE PERGAMINO, el libro actual, hecho con pieles de animales secas, lo que constituía un soporte de lectura más manejable, además de barato.

Si nos fijamos en la producción de libros, es curioso el que no fueran los autores los que hicieran los manuscritos de sus obras, sino que las dictaban para que otros lo escribieran. Algunos disponían de esclavos que realizaban esta función de copistas. Había excepciones, por supuesto: los poetas y los que escribían cartas solían hacerlo de su propia mano.


Una vez escritas las obras, muchos eran los que organizaban lecturas públicas de las mismas, lo que convertía en vitales las opiniones de los lectores de cara a que los editores se decidieran a publicar la obra. Éstos últimos que, normalmente, eran los que financiaban la edición, tenían talleres de copia donde los librarios (copistas) y los anagnostas (correctores) se encargaban de producir los libros. Entre los más famosos destacan Tito Pomponio Ático -que editó las obras de Cicerón-, los hermanos Sosios -editores de Horacio-, Doro -responsable de la edición de la Historia de Tito Livio-…

¿Cómo se vendían los libros? Normalmente, los talleres disponían de una tienda, la TABERNA LIBRARIA, donde se vendían los ejemplares editados. Era habitual que se hicieran copias de los libros comprados en estas librerías o de los sacados de las bibliotecas públicas, para comerciar con ellos, lo que al escritor de la obra no le reportaba ningún beneficio ya que debemos tener en cuenta que los derechos de autor no existían. A pesar de esto, la manera más fácil para acceder a los libros era acudir a alguna de las decenas de BIBLIOTECAS PÚBLICAS que existían en la ciudad. La primera de éstas fue fundada por Asinio Polión, en los últimos años de la República. Estas bibliotecas solían tener una misma estructura: una sala con estantes donde se encontraban todas las obras, que eran llevadas a los lectores por unos esclavos especializados, y otra sala, esta vez llena de mesas y sillas, donde se solían leer los libros a solas y en voz alta (siempre procurando no molestar a otros lectores), lo que permitía apreciar mejor la cadencia estilística del latín y del griego.

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Imágen 1: Fresco pompeyano representando a una joven con unas tablillas de cera y un punzón para escribir en ellas (s.I d.C.)

Imágen 2: Pintura de Pelagio Palagi (s.XIX) mostrando a Julio César dictando sus famosos Comentarios.

Imágen 3: Ruinas de la Biblioteca de Celso, construida hacia el s.II, en Éfeso.
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